19 de mayo de 2009

Diosa de diosas





Hace 13 años, una mañana de domingo del 19 de mayo de 1996 para ser más exactos, murió mi abuela. Juana Rosa para el Estado y la Sociedad Civil, Jeannette para los amigos y familiares, aweli yané para mí.

Mujer de mujeres, diosa de diosas, abuela de abuelas, grande de grandes, rubia de rubias, sexy de sexys. Lo tenía todo. Al menos para mí. Entre ello, una colección de zapatos de taco alto que usé hasta el hartazgo en mis primeras incursiones como diva familiar... vocación que el tiempo destruyó para dar paso a mi superdotadez intelectual como todos sabemos.

Como suele suceder hasta en las mejores familias, mi abuela no fue la mejor madre para mi madre, pero fue la mejor abuela para mí... y lo que cuenta en el ser humano, al fin y al cabo, es que tratamos a los demás de acuerdo a como nos tratan a nosotros, y para mí era un siete impecable y perfecto a pesar del comienzo de esta historia de la vida mía que no parece ser tan feliz... pero que lo es.

Corría el año 1983 cuando mi madre gestó en su vientre, ayudada por un especimen masculino desde luego, a esta criatura que hoy conocemos por Luisa Ballentine. Mi madre, muchacha joven, poco experimentada en la vida y asustadiza del poder matriarcal ejercido por mi abuela con sus secuases (hermanas, tías abuelas para mí); debió ejercer lo que hoy conocemos como el derecho de elegir que posee toda mujer respecto de su cuerpo. Sin embargo su elección, a diferencia de lo que ocurre hoy, no buscaba la destrucción de la vida en gestación, sino todo lo contrario, su mantención. Lo que significó la lucha con el matriarcado, por supuesto, y desaires familiares que perduran hasta el día de hoy.

Como sea. Lo importante es que una vez que la criatura nació un 16 de febrero de 1984, la familia terminó por aceptar el nuevo orden de las cosas y no pudo menos que idolatrar, por supuesto, a mi persona bebé, que en aquel entonces era tanto más adorable de lo que soy ahora. Si en estos tiempos soy un tesoro maravilloso que llena de luz la vida de quienes me rodean, imagínense lo que habré sido en aquel entonces, pura dicha y felicidad around me.

Y entonces mi abuela me adoró. Y fue mutuo. Y sé que se arrepintió largamente de su pensamiento inicial respecto de mi concepción y nacimiento, pero quedamos en paz porque yo se lo perdoné desde siempre.

Esta hermosa y bella (por no decir negrita, peluda y gorda) criatura que llegó al mundo, se crió entre mujeres y vivió muchos años con su abuela. Continuamos juntas la línea de sucesión matriarcal: mi abuela, mis tías, mi madre y yo. Un colectivo unido, cohesionado, mejor que una sociedad. Un grupo impenetrable de poder. Fueron ellas las que me hicieron así: superdotada intelectualmente, aunque yo hubiera querdio la belleza, pero bueno, eso es materia del post "por qué llegué tarde a la repartición de todas las cosas buenas".

Me criaron como un soldado en el sentido de la supervivencia y la resistencia. Morir o matar. Heredé algunas cosas no tan buenas, como la sed de venganza... y quien lo hereda no lo hurta; pero también cosas loables: el amor por los gatos, que me quedó impregnado en la dedicación que mi abuela puso en su Lady durante muchos años; la entrega por la familia: somos todos o no es ninguno; el noctambulismo que nos tiene despiertos hasta la hora del hoyo escribiendo en el blog; el gusto por las películas de terror y las teleseries brasileñas. Ésa era mi abuela.

Se suponía que íbamos a ser nosotras, las mujeres únicas para siempre. Pero mi madre se casó y siguió ampliando la familia. Llegaron otros parientes, otras abuelas, otras tías, llegaron primos, llegó nuevamente el desafío de conquistarlos a todos a punta de inteligencia porque los niños pobres también podemos aprender a leer a los 4 años y a escribir nuestros nombres y a ver noticias.

Mi abuela decía que yo era su nieta favorita. Lo que está mal porque nos tenía que querer a los tres hermanos por igual... pero no le importaba. Yo era la favorita. Porque en su mente no tenía a nadie más. No quería que estuviera desprotegida y a merced de "los nuevos". Me quería cuidar, alejar de cualquier posible influencia.

Yo quería vivir con ella para siempre. Ir a comer torta al café Paula, ver películas de terror, jugar con la Lady, celebrar la navidad, comprar barbies y ropa de barbie y zapatos de barbie y casita de barbie y armarla en la mesa de centro de su casa antigua de más de 100 años. Esta casa donde nací y vivo hasta hoy y que no dejaré mientras tenga pendiente la misión de estabilizar a mi familia.

Mi abuela, la más linda, me consentía mucho para que no me sintiera desplazada. Me daba su tiempo, me recibía acá en la época en que nos fuimos a vivir a otro lado. Me iba a esperar al paradero, cruzaba todo Santiago para ir a mi cumpleaños. Yo miraba por la ventana del departamento de Vital Apoquindo para verla aparecer en cualquier momento por el camino de tierra, montada en un taxi porque desde hacía unos años ya estaba enferma de los pulmones y no podía caminar mucho. Porque una diva como ella tenía que fumar como solo una diva sabe: hasta morir.

Y aparecía el taxi a lo lejos con su polvareda... y ahí llegaba mi abuela yané, con la torta, con el pan, con el queso, con su cartera fashion, con sus sandalias brasileñas, con su tamaño tan pequeño. Era día de fiesta en el departamento diminuto.

Cuando crecí un poco me dejaban venir sola, me tomaba la micro y venía a verla. Yo era chica aún, los 12 años de ahora no son lo que eran los 12 años de antes. Venía a verla, pero también a jugar con los amigos que tenía acá. O a comer cosas ricas porque en mi casa no me daban lo que quería.

Era la consentida de la abuela, la favorita. Me aparecía acá sin aviso inventando excusas.

Así fue como llegué el 17 de mayo de 1996 a verla. Estaba un poco enferma, supuestamente nada grave. Dormíamos en su cama viendo películas de terror y teleseries brasileñas.

Ese domingo 19 no despertó. No despertó ni a las 10, ni a las 11, ni a las 12 (que era la hora en que solía hacerlo). No despertó más. Me dio su último suspiro a mí... se lo llevó todo consigo.

Luego el velorio, la familia, el funeral en el cementerio más feo y horrible que haya podido jamás construir el hombre. Luego el regreso a vivir en esta casa, el único patrimonio que dejó; y cuando digo único quiero decir maravilloso, genial, divino, superlativo. Esta casa tiene mi alma en sus paredes.

Su deseo era claro y había quedado estipulado verbalmente, pues la ley no permite hacer este tipo de conseciones: la casa debía ser para mí en un 50%. Supongo que apelaba al razonamiento materno o a que los años de entrenamiento militar de supervivencia darían sus frutos 13 años después si era permitido que pusiera mi creatividad y mis manos en lo que es el negocio familiar. Así será.

La perdí muy pronto. La perdí antes de que ella viera el fruto del trabajo del matriarcado. Antes de estudiar en el mejor liceo público, de ganar una beca, ir a la universidad, poner una empresa, crear y ejecutar el negocio familiar como hubiera querido. La perdí antes de que conociera a alguno de mis novios, antes de que pudiera decirme de su boca que los hombres son una mierda y que así como se fue éste, vendrán y se irán mil millones más. La perdí antes de que pudiera ver que me había convertido en una buena persona con valores y convicciones firmes y claros.

Creo que sigue presente de todos modos. Siento siempre que no esté para verme ahora, con el trabajo casi terminado... un work in progress más completo de lo que era 13 años atrás. Siento no ser la clase de personas que va al cementerio. Siento no creer en el rito de la visita, siento haber ido unas tres veces como máximo en estos años y tener la certeza de que en lo que queda no volveré a ir tampoco porque detesto que esté en ese lugar y no creo que poner mis pasos allí haga ninguna diferencia en su memoria.

Siento que me haya dejado tan joven, sin poder elaborar todas estas ideas que tengo ahora. Siento que me haya dejado cuando mi máximo discurso se articulaba en torno a lo que Barbie le tenía que decir a Ken. Porque los 12 de antes no son los 12 de ahora.

Pero apesar de ello, percibo su presencia en algunas cosas. No es casualidad que la primera vez que caí en un precipicio del que pocos salen, haya llegado a mi vida un gato. Rufino. Y después dos más. Nadie más que ella podría saber cómo me hacía falta un cariño distinto del humano ni el amor que iba a transmitirles desde la nada.

A pesar de que la historia, si terminara hoy, diríamos que termina bien, cambiaría todo porque no se hubiera ido. Trocaría todas las bendiciones que he recibido en mi vida, por poder decirle todo y comer la última torta.

Supongo que así son las bendiciones no más, no todas están hechas para perdurar. Hacen lo suyo y luego parten. Ella fue eso, un ángel pasajero, como todos lo somos. Su misión conmigo fue un éxito y nos perdonamos todo, lo sé. Ella es mi aweli yané, la única, la incomporable. Yo por siempre seré su nieta favorita.

4 comentarios:

Jáuregui dijo...

Ay, esa última. God. Godess.

Luisa Ballentine dijo...

Parezco un peluche gigante. Ve que el abrigo es de estilo diva? Influencia de mi abuela.

Paula, la malvada dijo...

Hermosa la historia. Me doy mucha ternura. Todos tenemos a alguien que significa tanto para nosotros. :)

Por lo demás, dejame decirte que sos muy linda y que eso también lo heredaste.

beso!

Luisa Ballentine dijo...

Gracias, Paula! Espero tener su garbo algún día. Besote!

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